24/11/16

Soy un traidor a la especie

Después de cumplir los treinta, mis amigos empezaron a decirme cosas como: “Y tú, ¿para cuándo?”, “Te has quedado el último” o “Deberías hacerlo ya, será la mejor decisión de tu vida”. Y estaban en lo cierto. Tenía que vasectomizarme cuanto antes

La verdad es que la idea de tener hijos siempre me causó pánico, incluso durante los años en que quise ser padre. Pensaba que, en el momento en que mi pareja me informase de un retraso en su periodo (y de su decisión de no abortar) mi vida tal y como la había conocido llegaría a su fin. Y no me refiero a cosas como tener menos tiempo y dinero o no poder salir de fiesta. Hablo de la insoportable y constante preocupación por el hecho de que le ocurriese algo malo a mis hijos. Si ya me muero de angustia ante la idea de que pueda sucederle una tragedia a mis gatas, imagínense cómo sería la situación con una cosa que lleve mis genes. Sin embargo, me lo tomaba con resignación, pues en ningún momento me había planteado la posibilidad de que existiese alternativa a eso de nacer, crecer, reproducirte y morir.

Los años pasaban, y palabras como anencefalia o progeria hacían que me acojonase vivo cada vez que salía el tema de los hijos. Sí, es cierto que son afecciones muy infrecuentes (uno de cada mil nacimientos y uno de cada siete millones de nacidos vivos, respectivamente), pero no son las únicas enfermedades jodidas que existen, y las enfermedades jodidas no son las únicas desgracias que podrían sufrir mis criaturas. Accidentes, agresiones, cortes, abusos, intoxicaciones, quemaduras, humillaciones, caídas, secuestro, asesinato… Que no es por ser agorero, pero es que esas cosas suceden. Todos los días. A miles de personas. Por todas partes. ¿Cómo podía yo proteger a mis hijos de semejantes amenazas? Pues, de un modo muy sencillo: no engendrándolos. 

Así que, en cierto modo “vi la luz”, mi vida cambió y me quité de encima un peso gigantesco. Como los humanos tendemos a encontrar razonables aquellos discursos que casan con nuestra forma de actuar, empecé a descubrir otros argumentos interesantes para abstenerme de dejar descendencia. Por ejemplo, ¿hasta qué punto está bien concebir otro ser humano cuando la nutrición deficiente mata a tres millones de niños cada año? O, si nos preocupamos por la contaminación y el cambio climático, ¿cómo podemos traer otra vida a esta sociedad, teniendo en cuenta que generamos más de treinta kilos de basura por persona cada semana? Cuando has tomado la decisión de no tener hijos, todo esto suena la mar de convincente, pero entiendo que no lo vean de ese modo las personas que poseen una opinión distinta sobre este asunto. Así es la psicología humana, por eso yo no juzgo a nadie ni me creo mejor o peor, simplemente cuento lo que hago y por qué lo hago.


Volviendo a la vasectomía, debo reconocer que siempre he sido bastante cagueta y mucho más ante todo lo relacionado con el hecho de manipular mis testículos. Por eso fui dejándolo de un año para otro hasta que me di cuenta de que ya estaba bien de llevar el postureo antinatalista  mientras mantenía mis conductos deferentes intactos. Así pues, una tarde de invierno, fui a ver al médico de cabecera, el cual me derivó al urólogo, el cual me mandó a hacerme análisis, me informó adecuadamente sobre todos los aspectos de la intervención y me hizo firmar un consentimiento. Nueve meses después, recibí una llamada del Ramón y Cajal. Me dijeron que tenía cita para operarme y que acudiese en ayunas, acompañado y rasurado.

Al llegar a la octava planta del hospital, me encontré con varios tipos que venían a lo mismo. Todos iban acompañados por sus esposas, mientras que yo contaba con el apoyo de mi compañero de piso. Alguna vez hemos comentado que los trabajadores del Mercadona deben suponer que somos pareja cuando vamos a hacer la compra juntos y pasamos por caja con detergente, papel higiénico y demás artículos del hogar, y mi colega me dijo que, al acompañarme a la vasectomía sí que iban a pensar que éramos pareja, y es una ocurrencia curiosa y casi paradójica, porque dices, vale, está claro, solo tu pareja puede acompañarte a algo así, pero, por otro lado, si yo fuese gay, ¿para qué coño iba a hacerme la vasectomía?

Después de una larguísima espera, llegó mi turno. Me llevaron a un cuartucho donde me desnudé, guardé mi ropa en bolsas de plástico y me vestí con unos pantalones, una camiseta y un gorrito, todo muy verde y muy poco favorecedor. Entré al quirófano, donde me recibieron un médico y una médica (no solo es correcto decir “médica”, es que es incorrecto utilizar “médico” para referirse a una mujer; no lo digo yo, lo dice la RAE) más o menos de mi edad. Me tumbé en la camilla y una enfermera me bajó los pantalones mientras otra me tomaba una vía en el brazo derecho. Entonces, la médica empezó a pintar mis genitales con betadine utilizando una brocha, creo, porque me habían echado una especie de mantita de papel por encima, que supongo que es para evitar que veas lo que te hacen, que no creo que sea la escena más bella del mundo. La doctora me preguntó que cuantos hijos tenía y, cuando le dije que ninguno, pareció sentirse algo turbada. “¿Ninguno?”, preguntó. “¿No tienes ningún hijo y vas a hacerte la vasectomía? ¿Estás completamente seguro?”. Me hubiera gustado decirle: “Hija mía, estoy en pelotas delante de cuatro personas desconocidas, con los genitales pintados de rojo, dispuesto a que me rajen, me corten y me cosan. Si no estoy seguro ahora, ¿cuándo cojones voy a estarlo?”, pero yo no me encontraba como para semejantes derroches de elocuencia y respondí con un parco “sí”. Después vinieron los pinchazos de la anestesia, sin duda, la peor parte. No nos vamos a engañar, duele; la sensación está a miles de kilómetros de ser agradable, pero, joder, a lo largo de los siglos, la gente ha ido a la guerra y ha hecho la revolución; ha sufrido torturas y ha tenido partos múltiples sin epidural; ha saltado vallas de alambre de espino, ha entrado en edificios en llamas y se ha lanzado a las aguas de mares embravecidos. Nosotros no nos vamos a morir por dos pinchacitos en el escroto. De hecho, ni siquiera vamos a gritar (casi).


La anestesia hace efecto de un modo increíblemente rápido y eficaz y, entonces, da comienzo la operación. A través de un pequeño corte en el escroto, sacan el conducto deferente, lo cortan, y sellan los extremos. De este modo, se impide que el esperma viaje de los testículos hasta la uretra (esto no significa que ya no vayas a eyacular, sino que, un tiempo después de la operación, tu semen saldrá sin espermatozoides). Por último, te dan unos puntos en la herida del escroto. Después, se repite el procedimiento con el otro lado: pinchar, rajar, cortar, sellar y coser. Y ya está, ya estás vasectomizado. Luego te limpian, te echan un espray que escuece un poco, te subes los pantalones y te marchas por tu propio pie, antes de lo cual, te dan unas indicaciones de cara a la recuperación, como usar un slip ajustado durante unos días, ponerte hielo si se te inflaman los testículos, lavarte la herida con agua y jabón y tomar analgésicos si lo ves oportuno, evitando la aspirina.

Lo más extraño de todo el proceso es que realmente no notes nada de dolor (salvo los pinchazos de anestesia), teniendo en cuenta la que te están liando por ahí abajo; la sensación es un poco como cuando te tiras de la piel del codo. También se hace raro estar ahí tumbado y que los médicos hablen de sus asuntos cotidianos mientras manipulan cosas que salen del interior de tu escroto. Me hizo gracia que la médica comentase que era mejor así, cuando el paciente no tiene huevos de tigre. Yo pensé, “cabrona, ya sé que no son los más grandes de la historia, pero, joder, que estoy aquí, córtate un poco”. Entonces, el médico le preguntó que qué era eso de huevos de tigre, y ella explicó que es cuando los testículos están muy apretados y subidos, en cuyo caso resulta más complicado intervenir, no como los míos, que estaban sueltecitos y manejables.

En resumidas cuentas, la vasectomía no es un paseo por la playa, pero creo que el beneficio compensa el sacrificio. Además, no tienes por qué ser un traidor a la especie como yo. Puedes tener uno o dos hijos a los que regalar la oportunidad de comprobar lo maravillosa (o terriblemente cruel y horrible) que es la vida y, después, pasar por el quirófano. Eso sí, si disfrutas de un sueldo decente, te recomiendo que acudas a una clínica privada y pagues trescientos euros para quitártelo rápido de encima, porque puede resultar desquiciante esperar meses y meses sin saber cuándo te van a llamar, sobre todo si tu pareja y tú estáis deseando amaros sin barreras, sin pastillas y sin miedo al milagro de la vida. 


13/11/16

El viejo con bastón de cuatro patas

El cielo estaba gris aquella tarde y mis amigos y yo matábamos el tiempo sentados en un banco junto a las pistas de fútbol sala. Las clases habían empezado unos días antes y todo parecía haberse vuelto deprimente, casi tétrico. Éramos chavales sin inquietudes artísticas o deportivas, sin ningún atisbo de ilusión o vitalidad. Simplemente nos sentábamos en aquel rincón polvoriento y fumábamos cigarrillos que robábamos a nuestros padres. También compartíamos alguna lata de cerveza y, antes de que anocheciese, nos marchábamos a casa esperando encontrarnos con algo bueno para cenar.
   Bien, aquella tarde, desde la lejanía, vimos a un viejo acercarse hacia nosotros. Caminaba con un brazo encogido, arrastrando medio cuerpo como un lastre y apoyando el lado bueno en un bastón de cuatro patas.
   ―Hola ―dijo―. Cigarro.
   ―¿Qué? ―pregunté.
   ―Yo, fumar, cigarro.
   ―¿Por qué habla así?
   ―Afasia ―respondió.
   ―Parece un indio ―dijo Antoñito y se echó a reír. 
   ―No te rías, subnormal ―le dije a Antoñito; también le metí una colleja. El viejo empezó a reír y dijo:
   ―No. Bien. Bien. Yo, indio.
   Nos quedamos unos instantes en silencio con unas estúpidas sonrisas en nuestras caras adolescentes.
   ―Cigarro ―dijo de nuevo el anciano.
   ―¿Por qué no se lo compra usted? ―preguntó Jorge.
   ―Mi hijo, habla tiendas, no venden.
   ―No podemos darle tabaco ―dije―. No estaría bien.
   ―Secreto ―dijo el anciano―. Secreto. Secreto.
   Al final le dimos un par de cigarros. Uno se lo fumó con nosotros y el otro se lo guardó en el bolsillo. Mientras estuvo allí, fumó con unas ganas locas y tosió y nos dio las gracias tantas veces que sentí que me mareaba. El viejo se marchó y, un rato después, nosotros también nos fuimos.
   Pasaron algunas semanas. De vez en cuando, el viejo volvía a visitarnos en busca de cigarrillos. Él, a veces, nos regalaba alguna cerveza que le robaba a sus hijos. Era un tipo majo. Nos contaba historias de cuando era joven y tenía locas a todas las mozas del pueblo, o eso decía, quién sabe si era verdad. Eran historias guarras y nos encantaban. También nos habló de sus afecciones. Había sufrido tres ictus que le provocaron hemiplejía y afasia motora (esta era la causa de que hablase así). Dijo que había llevado una vida muy desordenada, que había comido muy mal, bebido y fumado en exceso y cometido muchos pecados, y que el Señor le había enviado los ictus como castigo ejemplar, para que él pagase por sus faltas a la virtud y para que los demás no imitasen su conducta desviada. Nosotros insistíamos en que no debía fumar, pero alegaba que era lo único bueno que tenía en la vida. Dijo que Dios le odiaba pero que él quería mucho a Dios a pesar de todo.
   Un día se nos acercó un tipo. Llevaba bigote y camisa de cuadros y era grande como un búfalo. Llegó hasta nosotros, nos echó un vistazo con cara de estar cabreado y dijo:
   ―Eh, chicos, ¿no habréis visto por aquí a alguien dándole tabaco a un viejo que va con bastón?
   Nos quedamos de piedra, cagados de miedo, pero Jorge consiguió decir que no.
   ―¿Estáis seguros?
   ―No, no, no hemos visto nada de eso ―añadí yo.
 ―Vaya… Mirad, es que alguien le ha estado dando tabaco a mi padre, que está muy enfermo, y si encuentro al que lo ha hecho, lo voy a matar, de verdad; lo voy a apuñalar en medio de la calle y le voy a sacar las tripas y a hacer que se las coma.
   En ese punto yo tenía tanto miedo que me costaba respirar.
   ―Me marcho entonces. Si veis algo, me lo decís.
   ―Sí, seguro, no se preocupe.
   ―Bien, adiós, chavales.
   ―Adiós.
   ―Y gracias.
   ―No hay de qué.
   ―Gracias por darle tabaco a mi padre, cabrones. Que sé que habéis sido vosotros, que el otro día os vi con él.
   ―¡Joder, no nos apuñale, por favor, no lo haremos más!― rogó Antoñito.
 ―No voy a haceros nada, hostias. Pero no le deis tabaco a un viejo enfermo. ¿Sois gilipollas o qué os pasa?
   ―Nos daba mucha pena, pensábamos que por un cigarrillo no pasaba nada.
 ―No os pasará a vosotros, pero mi padre ha tenido tres ictus. Aunque la culpa es enteramente suya, claro, pero, joder, no le deis más tabaco, por favor.
   El tipo se marchó y no volvimos a verlo, ni a él ni a su padre. Quizá se mudaron a otra zona de la ciudad, qué sé yo. Debo admitir que conocer a aquel viejo me dejó profundamente marcado y que su recuerdo me ha servido siempre para valorar con entusiasmo las pequeñas cosas que dan sentido a la vida… y, en fin, también me ha empujado a cuidarme un poco, la verdad.

31/10/16

Viaje a Omniria, relato ganador del VIII Certamen literario “Buscando una vida mejor: El derecho de asilo”

La llamaban “La guerra eterna” y se extendía por todo el globo. Nadie sabía con exactitud las causas que la desataron ni el momento histórico en que comenzó. Durante siglos, generaciones enteras de seres humanos nacieron, crecieron y murieron sin haber conocido un solo periodo de paz. 

Las exocolonias se mantuvieron al margen desde el principio y lograron prosperar mientras el planeta madre se ahogaba en sus propias ruinas. La Alianza de los Mundos se vino abajo y cada cual siguió su propio camino. Pero el camino de La Tierra conducía al abismo, y a sus habitantes sólo les quedaba la esperanza de escapar. 

Las élites mafiosas no desaprovecharon la ocasión de enriquecerse a costa de sus congéneres y organizaron una amplia red de rutas desde varios cosmopuertos de La Tierra hasta diferentes puntos del espacio colonizado. 

Las posibilidades de llegar a alguno de aquellos pacíficos mundos eran escasas, pero aun así, millones de terrícolas lo intentaban cada año. Por desgracia, muchos de ellos comprobaban que el remedio podía no ser muy distinto a la enfermedad.


Silna observaba la marca en su brazo. Bajo la piel clara le habían insertado un dispositivo que podía acabar con su vida en cuestión de segundos. Si intentaba quitárselo, su sangre recibiría una toxina letal. Lo mismo sucedería si probaba a incumplir alguno de sus compromisos contractuales, pues los traficantes podían activar el mecanismo con solo apretar un botón. Su vida, al igual que la de otras muchas personas, estaba a merced de aquellos desalmados, pero, a pesar de todo, prefería su situación actual antes que continuar viviendo en La Tierra.

Decidió levantarse para caminar un poco y desentumecer los músculos. A su alrededor todo era un completo desastre: centenares de personas malviviendo sobre el suelo metálico, mantas, ropa, juguetes, envases de comida, desperdicios, cajas vacías con los logos de las agencias de ayuda humanitaria... Llevaban un mes retenidos allí, en la Estación Espacial Chantroj. Era la última parada antes de poner los pies en Omniria, una de las exocolonias más prósperas de la antigua Alianza de los Mundos. Millones de refugiados terrícolas llegaban a su superficie cada año y por todas partes se difundían noticias esperanzadoras sobre la posibilidad de labrarse un futuro en aquel planeta. 

Los refugiados ocupaban los pasillos exteriores del gigantesco disco de la estación, que giraba en todo momento para generar gravedad artificial. En el centro del disco se hallaba la lanzadera, que permitía el acceso a Omniria a través de naves espaciales autotripuladas. Decenas de guardias armados se encargaban de mantener el orden y de distribuir alimentos, medicinas y otros suministros.

Silna viajaba sola. Su familia había muerto en la Tierra, tanto sus padres como sus tres hermanos. Ella no tenía hijos. No podía entender por qué los terrícolas simplemente no dejaban de reproducirse. Se le escapaba el sentido de traer niños a un mundo en el que sólo conocerían el miedo y la desesperación. Parecía que nada podría refrenar el anhelo humano de trascender la propia vida, ni siquiera la peor de las guerras. 

Se acercó a uno de los amplios ventanales para echar un vistazo. Pasaba mucho tiempo allí, esperando ver algo de movimiento, alguna novedad que les permitiera dejar atrás aquella penosa situación. También le gustaba apoyar la espalda en el cristal y observar a la gente, admirar su entereza y sus ganas de seguir adelante, aunque lo que más le llamaba la atención era la completa ausencia de ancianos a lo largo de todo el viaje.

―Saldremos de aquí ―le dijo Mor, que se había acercado a saludarla. Era una agradable mujer que viajaba con su marido y sus hijos. Se conocían desde hacía un par de semanas, pero se estaban haciendo buenas amigas. Silna sonrió.

―¿Cómo está tu hijo?

―Está mejor. Los antibióticos funcionan, pero empiezan a escasear.

―Pronto nos marcharemos ―dijo Silna acariciando con afecto el brazo de su amiga―. Tu pequeño será atendido en un hospital, no hay de qué preocuparse.

Entonces se escucharon gritos lejanos. La curva del disco no permitía ver lo que estaba sucediendo.

―¡Ve con tu familia! ―le dijo Silna a Mor.

Silna caminó deprisa entre la multitud. La tensión se notaba en los rostros expectantes. Después de recorrer unos doscientos metros, pudo ver un tumulto. La gente gritaba histérica. Un hombre yacía en el suelo. Dos guardias de la estación empezaron a llevárselo, mientras diez o doce de sus compañeros intentaban controlar a un enorme grupo de refugiados a base de golpes. Entonces, uno de los guardias disparó con su arma eléctrica sobre un joven, que cayó inconsciente al suelo. Los refugiados retrocedieron asustados mientras los demás guardias desenfundaban sus armas. Llegaron más agentes. La situación empezó a calmarse, aunque parecía que en cualquier momento podía estallar de nuevo.

―¡Nos tratáis como animales! ¡Mercenarios, asesinos! ―gritaba una joven ante la severa mirada de los guardias.


Pasaron tres semanas. La falta de información, la suciedad y la escasez de bienes básicos estaban empezando a hacer mella en el ánimo de la gente. Aquellas personas habían dejado atrás lo poco que tenían para embarcarse en un peligroso viaje que estaba durando demasiado tiempo. Su paciencia se hallaba bajo mínimos. Las escaramuzas con los guardias se repetían casi a diario. Varios enfermos habían muerto y se temía que pudiera desatarse una epidemia, a pesar de los esfuerzos del personal sanitario de la estación.

Por fin, pudieron ver cómo una de las naves cilíndricas se acercaba hacia ellos. Tan sólo una tercera parte de los refugiados podría acceder al primer traslado, pero la alegría se había extendido por todas partes, llenando los rostros de sonrisas. 

El acceso a las naves se efectuaría en función del orden de contratación. Sin embargo, unos días antes, Silna había conseguido un pase prioritario para ella y la familia de Mor. Para lograrlo, tuvo que acostarse con tres guardias, pero no le importó demasiado. En La Tierra había hecho cosas peores por mucho menos. 

Cuando llegó el momento, un guardia les hizo una señal para que entraran en el ascensor que recorría el pasillo radial hasta la plataforma de acceso. Desde allí, pudieron ver cómo la nave se aproximaba lentamente y empezaba a girar en el mismo sentido que la estación hasta quedar acoplada como un dedo en un anillo. Las puertas se abrieron. No sin dificultad ―pues la fuerza centrífuga no generaba allí sensación gravitatoria―, fueron accediendo al interior, tomando asiento y abrochándose los cinturones. Cuando el aforo estuvo completo, las puertas se cerraron. La nave se separó de la estación y comenzó el descenso hacia Omniria.

―Es emocionante, ¿verdad? ―le preguntó Mor a Silna.

―Oh, sí, es una sensación increíble. Espero poder estudiar una carrera, ya sabes, más adelante. Quizás biología.

Mor la miró extrañada.

―¿A qué te refieres? ¿Es que tú no vienes con un contrato de servidumbre?

―Claro ―dijo Silna mostrando la marca de su brazo.

―¿Por cuantos años?

―Tres años trabajando en las minas. Después seré libre.

El rostro de Mor se descompuso.

―Silna, cariño… Los contratos que firmamos… Se refieren a años de Omniria.

―¿Qué?

―En este planeta los años son quince veces más largos que en La Tierra. Por eso no aceptan ancianos aquí, porque no les daría tiempo a pagar el viaje. 

Silna no podía creer lo que estaba oyendo. Mor continuó:

―Nosotros hemos venido por nuestros hijos, porque pagaremos por ellos con nuestro tiempo y conseguirán la ciudadanía desde el principio. Serán libres. Sacrificaremos nuestra libertad por la suya.

Silna se quedó callada unos instantes. Después, todos los pasajeros de la nave pudieron escuchar el grito desgarrador que lanzó Mor al ver cómo su amiga se arrancaba el dispositivo del brazo con los dientes.



19/10/16

Las cinco mejores letras de Bob Dylan

Quería contaros que he decidido lanzarme a la aventura de Youtube para intentar llegar a más gente y ofrecer contenido interesante a los aficionados a la lectura y la escritura. Os dejo aquí mi primer vídeo y os animo a suscribiros al canal.



14/10/16

100 libros cortos para gente ocupada

“Tantos libros, tan poco tiempo”, dijo el músico Frank Zappa. Y tenía razón. Los que amamos la lectura sabemos lo duro que resulta no ser capaces de terminar unos cuantos libros más cada mes. Paseamos lánguidamente por librerías y bibliotecas, suspirando y acariciando lomos y portadas, pensando “tengo que leer este, y este, y este…”. 

La buena noticia es que, entre los miles de buenos libros que se han escrito, hay unos cuantos bastante cortos que se pueden acabar en una o dos tardes, y que sirven tanto para saciar a los adictos a las letras como para satisfacer a aquellas personas a las que les da pereza leer mamotretos o que, simplemente, no tienen tiempo para ello. 

Ya no hay excusas para dejar la literatura olvidada. Aquí tienes una interesante lista de libros de no-ficción, colecciones de relatos y novelas, todos con una extensión inferior a las 200 páginas.

¡Feliz lectura!



6/10/16

Ataque preventivo

Un ejecutor ha llegado al pueblo. Hacía cinco años que no se veía a ninguno por aquí. La gente lo mira con recelo mientras camina por la calle principal acompañado por sus dos bestias ciborg. Se mueve confiado y arrogante en busca de una posada donde pasar la noche. Sabe que es intocable. Si alguien le hiciese algo, las consecuencias para los vecinos serían devastadoras, pues caería sobre ellos todo el peso de la ley.

El ejecutor alquila una habitación y deja a sus bestias en el establo. Mañana, todos los habitantes mayores de edad tendrán que entregarle una papeleta, ya sea con el nombre de un candidato, o en blanco. La persona que reciba más votos, morirá al caer la tarde; su cuerpo será despedazado por las bestias ciborg. 

En teoría, no es obligatorio que nadie pierda la vida. Si todos entregan la papeleta en blanco, el ejecutor seguirá su camino hacia otro pueblo. Lo que ocurre es que basta una sola nominación para que se lleve a cabo la sentencia, por lo que, en la práctica, casi todo el mundo elige a alguien con el objetivo de reducir las posibilidades de ser ellos mismos los que acaben aniquilados sobre la arena ardiente. En caso de empate, el proceso se repite hasta que haya un “ganador”. El sistema lleva siglos funcionando, casi desde los tiempos del apocalipsis nuclear. Fue ideado para disuadir a los súbditos de cometer delitos, pues lo normal es que, a la llegada de un ejecutor, la gente nomine a los peores criminales, aunque lo cierto es que por todas partes se sigue violando la ley mientras que muchas personas inocentes son matadas cada año.

El sol se ha ocultado hace horas y el ejecutor duerme a pierna suelta en la mejor habitación de la posada cuando un cuchillo entra por su ojo derecho hasta perforar el cerebro. El asesino se escabulle sigilosamente, monta un caballo y emprende la huida hacia la oscuridad de la noche desértica. Sabe que todos en el pueblo lo odian por sus ideas antiesclavistas y ha preferido llevar a cabo un ataque preventivo.




27/9/16

Álgido

El amor duele y
también la amistad
y el odio y
la alegría
y los desgarros y
las puñaladas.

Todo lo que nos rodea
está impregnado de dolor
en mayor o menor medida.

Todo, especialmente
aquello que tenga
que ver con
la existencia.



27/7/16

Aprende a escribir ficción con el método de los concursos

No existe una fórmula mágica para aprender a escribir ficción, pero sí unas instrucciones muy claras:
  1. Leer mucho.
  2. Escribir mucho.
La primera parte es muy sencilla. No tienes más que abrir libros (preferiblemente buenos, ya sabes, Dostoyevski, Kafka, los ganadores del Nobel de Literatura...) y ponerte a ello. La segunda es más complicada. Escribir es un proceso mucho más activo que leer y, a veces, simplemente no se te ocurre con qué rellenar el folio.

Bien, aquí te traigo un método que te ayudará a practicar, te permitirá comprobar tus progresos y, quizá, ganar algo de dinero. Es el método de los concursos y voy a explicártelo por pasos. 




Paso 1: Visita la sección de concursos de la web escritores.org

Cada mes se convocan decenas y decenas de concursos literarios en el mundo hispanohablante y en esta web aparecen casi todos. Te recomiendo que marques la opción de "Concursos por email @" por la sencilla razón de que no te gastarás nada en participar. Existen numerosos concursos interesantes que exigen enviar los textos por correo postal, en ocasiones hasta por quintuplicado, lo que podría suponerte un gasto considerable en sellos y fotocopias o tinta de impresora. Personalmente, nunca participo en estos certámenes dada la enorme cantidad de opciones para concursar por email, pero, si esto no supone un problema para ti, adelante. También puedes marcar la opción "Concursos (Cuento, relato, narrativas, carta, microrrelato)", la cual aplicará un filtro a la página para que no te aparezcan certámenes de novela y poesía (el método puede servir también para aprender a manejar estos géneros, si te interesa, aunque la poesía en principio no es ficción y la novela exige una dedicación enorme de tiempo, por lo que yo recomiendo empezar con microrrelatos y relatos cortos para hacerlo más dinámico y entretenido).


Paso 2: Selecciona los mejores concursos

Y te preguntarás: ¿cuales son? Bien, son aquellos que mejor se adapten a tus objetivos. Los certámenes podrían clasificarse de muchos modos en función de: si ofrecen premio en metálico o no (regalos, diplomas, trofeos...), si publican al ganador o ganadores en papel o no lo hacen, si el concurso es completamente libre o conlleva alguna exigencia (que el texto se enmarque dentro de un género, como la ciencia-ficción o el suspense, que tenga que llevar una determinada frase, tratar sobre un tema de actualidad, que su extensión se encuentre dentro de unos límites etc). Como se supone que lo que nos interesa ahora es practicar para mejorar, te recomiendo que te olvides del dinero y las publicaciones y te centres en elegir los concursos que impliquen exigencias variadas. La ventaja es que esto te dará un punto de partida. Vamos a ver algunos ejemplos de certámenes de este tipo que me han servido para crear algunas historias.
  • El concurso Bruma Negra de este año llevaba dos condiciones principales: que los relatos se enmarcarsen en el género negro/suspense/policíaco y que la niebla o la bruma fuesen un elemento integrante de la historia. Para participar, escribí un cuento breve titulado Rata, que no quedó finalista, pero del que me siento bastante orgulloso.
  • También este año, participé en el Certamen Madrid Sky. La temática y el género eran libres, pero los textos debían empezar con la frase: Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Yo escribí un relato titulado El sonido pegajoso de sus besos (tampoco quedé finalista, pero recuerda, esto es un método para practicar participando en concursos, no necesariamente para ganarlos).
  • Por último, para que veas que a veces este método puede permitirte recoger frutos materiales, he quedado finalista en el Certamen de relatos cortos carcelarios Conrada Muñoz y en septiembre sabré si me hago con los 1.500 euros del premio. En este concurso la exigencia era que las historias tratasen sobre la cárcel, pero no de un modo anecdótico, sino teniendo un papel muy relevante en la trama.
En esta fase de selección de concursos es interesante organizarse, porque encontrarás muchísimos certámenes en los que participar. Hazlo como quieras, pero te voy a contar lo que hago yo. En la barra de marcadores del navegador tengo una carpeta llamada "Concursos". Cuando veo uno interesante, lo añado a favoritos (en Google Chrome se hace pinchando en la estrellita de la parte superior derecha de la pantalla) dentro de la carpeta y le cambio el nombre, poniendo algunos datos relevantes como la fecha máxima de envío, la extensión, las condiciones y el premio, como puedes ver en la siguiente imagen.



Paso 3: Ponte a escribir

Y aquí llega la parte esencial del método, ponernos manos a la obra. Si nos hallamos ante un concurso que exige condiciones, ya tendremos un punto de partida, pero nunca viene mal contar con algún que otro agarre más para continuar avanzando hacia la cima, por lo que, si la inspiración todavía no te visita, te propongo un par de trucos para estimularla.
  • Investigación: informarte sobre las exigencias del concurso puede ser una maravillosa fuente de ideas. Por ejemplo, para participar en el certamen de relatos carcelarios, estuve viendo un montón de documentales relacionados con el mundo de la prisión en Youtube; también me puse a recordar el argumento de películas míticas como Cadena perpetua, La milla verde o La evasión. Si el certamen se enmarca dentro de un género literario, como la ciencia-ficción, te recomiendo que leas relatos de los grandes maestros (Asimov, Phillip K. Dick, Fredric Brown...) y que te informes sobre el propio género: los temas que trata, su historia, los subgéneros etc. Wikipedia es un buen sitio para comenzar.
  • Leer a los ganadores: es posible que el concurso tenga una página web donde cuelguen los relatos ganadores de ediciones pasadas. Si no ofrecen los textos, puedes buscar en Google el nombre de los escritores galardonados para ver si tienen blogs personales donde los hayan publicado. La idea no es copiar, ni mucho menos, sino analizar las historias para determinar qué elementos llevaron a sus autores a hacerse con la victoria. Por ejemplo, para el certamen Bruma Negra, leí a los finalistas del año anterior y pude ver que algunos elementos comunes eran, lógicamente, el crimen, sobretodo el asesinato, que la acción transcurría en zonas costeras y que los acontecimientos se desarrollaban en una atmósfera sórdida y deprimente. Aunque, para para ser original, podrías hacer precisamente lo contrario, romper con la norma. En este caso, el crimen principal podría ser la corrupción o el secuestro y que todo ocurriese en un alegre pueblo a orillas de un lago. La originalidad es un elemento que los jurados suelen valorar muy positivamente (siempre que no te pases y transgredas las normas del certamen, claro).
¿Y qué hacer en el caso de que el certamen no imponga condiciones? Es una buena pregunta. Un gran porcentaje de los concursos son completamente libres (salvo en extensión) por lo tanto no tendrías punto de partida, que es lo interesante de este método. En esta situación podríamos hacer varias cosas, como por ejemplo, inventar las condiciones. Busca un concurso libre y elige para participar en él un género (romántico, suspense, terror, fantasía, histórico, surrealismo, realismo sucio, ciencia-ficción, realismo mágico, drama, comedia, erótico...). Si tienes en cuenta que cada género puede tener numerosos subgéneros (fantasmas, ciberpunk, fantasía medieval, detectives...) podrías crear una enorme lista de opciones. Si no sabes por cuál decidirte, utiliza un método aleatorio, como esta aplicación. Otra condición que podemos inventar es que el relato empiece con una frase. Abre un libro, elige una página al azar y, con los ojos cerrados, señala un punto. Ahí tienes tu frase. Hace poco escribí un microrrelato a partir de la frase: Esta joven enfermera que parece sentirse rápidamente atraída por mí, que extraje con los ojos cerrados de El proceso, de Kafka. Si con esto no tienes suficiente, te recomiendo este artículo donde ofrezco unos cuantos trucos más.


Paso 4: Evalúa tus progresos

En principio, si lees y escribes mucho, deberías mejorar como escritor de ficción. Cuanto más lo hagas, más calidad tendrán tus textos. Si trabajas a diario, mejor que de vez en cuando y, si le dedicas cuatro horas al día, será mucho mejor que una. A partir de aquí todo depende de tu esfuerzo. Soy de la opinión de que todo el mundo puede llegar a escribir grandes historias, a pesar de no contar con las mejores capacidades innatas. Yo no me considero un gran escritor, ni siquiera me considero escritor, pues no vivo de ello, pero en la actualidad, consigo crear algo decente de vez en cuando (de hecho, gané un premio de novela y me publicaron). Y te aseguro que no nací con buenas características para este oficio. Lo sé porque si leo mis relatos de hace diez años acabo por llevarme las manos a la cabeza. Además, te prometo que la capacidad de esfuerzo y la constancia tampoco son dos de mis principales virtudes. Si yo puedo, cualquiera puede, créeme.

Ahora bien, ¿cómo sabemos que estamos mejorando? Los escritores principiantes tenemos el síndrome del vendedor, es decir, estamos enamorados de nuestra mercancía. Tendemos a creer que nuestros textos son obras de arte, pero lo más seguro es que, de momento, no lo sean. Este método te va a permitir saber si estás mejorando, porque, si te esfuerzas y eres constante, tarde o temprano empezarás a quedar finalista o incluso a ganar concursos, y eso será una señal de que estás haciendo las cosas bien. No te desanimes si los frutos tardan en llegar. Si trabajas duro, acabarás por recogerlos.

Quiero darte un último consejo. Elabora una lista con los concursos en los que has participado. Puedes hacer una tabla en Word, en cuyas columnas aparezca el nombre del certamen, la fecha del fallo y el título del relato que enviaste. De este modo, evitarás enviar textos a más de un concurso a la vez, lo cual podría hacer que te descalificaran.

Espero que mi método para aprender a escribir ficción te resulte útil. Te aseguro que, además, resulta muy emocionante. Si te ha gustado, puedes decírmelo en los comentarios y compartirlo con quien quieras.

¡Suerte!

20/6/16

Un día más (o menos)

Camino hacia el trabajo y
el vacío me acompaña
como una bomba lapa
adosada a los bajos del coche.

La desesperación acecha
en forma de sueños estúpidos,
de batallas perdidas,
de noticias que te dejan
la sangre congelada.

Voy dejando atrás
la vegetación agostada
por los primeros
infiernos del verano
y las moles de
edificios acristalados
que intentan imitar al cielo.

Ya estoy cerca.

Mis ganas de llegar se reducen
a algo parecido a la muerte.


16/6/16

Aforismos cochambrosos: primera ronda.

  • Solemos tener una imagen elevada de nosotros mismos, así que ten en cuenta que quizás des más asco de lo que piensas.
  • Hay más sabiduría en un solo párrafo de Bertrand Russell que en toda la sección de autoayuda de La Casa del Libro.
  • Si Dios existe, o bien no es muy poderoso, o bien le importamos una mierda.
  • Más que valorar si los argumentos son correctos, nos fijamos en si las ideas son lo bastante molonas.
  • La vida es un gatito con los sesos esparcidos por el firme de la carretera.
  • Lo único que hace falta para extinguir cualquier amistad es una determinada cantidad de tiempo sin contacto.
  • Los seres humanos nos creemos el centro del universo pero ni el universo tiene centro ni nuestras creencias importancia.
  • El progreso social se manifiesta en avances como transporte publico que admite animales, vagones de tren silenciosos o espacios libres de niños.
  • Tener perros encadenados de por vida y pájaros enjaulados son formas de maltrato animal que deberían horrorizar a cualquier persona decente.
  • Madurar es dejar de evadirte de tus problemas mediante las drogas y empezar a intentarlo con comida.
  • La envidia y el odio son motivaciones como cualquier otra.
  • Somos esclavos de la felicidad, de la supervivencia y del sexo sin condón.
  • Los discursos que respaldan nuestras creencias suenan la mar de convincentes.
  • Desde el punto de vista del tiempo evolutivo, todos somos recién nacidos a punto de morir.
  • Si los mataderos tuviesen las paredes de cristal, les daríamos una capa de pintura para seguir ignorando lo que sucede allí dentro.



2/6/16

Las crónicas de alquitrán I

Entiendo que pueda caerte mal. No soy gracioso y tengo algo de chepa. No me gusta hablar y mi voz es desagradable. De pequeño no tenía muchos amigos. Recuerdo que una tarde salí a pasear porque no sabía qué hacer. No había Internet, no había nada. Estuve caminando por las sórdidas calles de mi barrio-cementerio, mirando las grietas de las paredes, dejando escapar suspiros agónicos. Me aburrí enseguida, pero no quería volver a casa. No me gustaba leer ni dibujar ni jugar al fútbol. Supongo que quería estar con una chica, pero no conocía a ninguna. Tenía once años. Las farolas me iluminaban mientras caía la noche. Todo el mundo había muerto o algo parecido. ¿Qué podría haber más allá de la autopista? Yonkis chutándose, parejas follando en sus coches y todas aquellas leyendas urbanas. 

En mi familia se han dado dos suicidios, uno por la rama paterna y otro por la materna. Quizás eso me otorgue muchas papeletas en la lotería genética pero yo de momento aguanto, aunque, si lo piensas, vivir es como suicidarse, pero muy despacio. Si no estás de acuerdo, al menos reconocerás que sí que es un poco pérdida de tiempo porque vas a morir de todas formas, hagas lo que hagas, salvo si naces en la generación que descubra el secreto de la inmortalidad, estimo que dentro de doce o trece décadas.

Aquella tarde caminé arrastrando mis once años de existencia, aburrido, cansado, perdido, y no encontré nada; nada cambió para mí. Lo único que hice fue moverme sin saber a dónde iba, igual que me ocurre ahora mismo mientras escribo esta mierda insufrible.






30/5/16

Primer capítulo de "Gestión del fracaso, una novela"

¿Conoces esa estrategia comercial de algunos camellos? Ya sabes, te invitan a la primera dosis para que te enganches. Bueno, eso es exactamente lo que pretendo con esta entrada. Si te gusta y quieres más, visita estos enlaces: 

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1


Voy a empezar por aquella tarde: Robert y yo estábamos en mi casa pinchándonos. No había nada interesante que ver en la tele, ni tampoco nada nuevo que hacer o que pensar. No éramos unos tipos especialmente felices ni agradables ni divertidos, pero se nos daba muy bien estar tirados en el suelo dejando que el tiempo se fuese yendo a la mierda poco a poco. A veces conocíamos a algunas chicas, las invitábamos a beber o a fumar y nos acostábamos con ellas, aunque esto no ocurría con excesiva frecuencia.

La cuestión es que estábamos allí, mirando el techo, sintiendo cómo el cuelgue de heroína iba esfumándose, cuando apareció Ann pegando gritos.

―Me he cruzado con un gordo ―dijo. Nos echó un vistazo y añadió: ―Era un gordo enorme, como de ciento diez kilos. En una mano llevaba un muslo de pollo que le goteaba sobre la camiseta, y, en la otra, un libro de Nietzsche. Creo que era “Así habló Zaratustra”, porque en la portada se veía a una especie de vagabundo. El tipo iba leyendo y comiendo por la calle, ¿vale? Pues va el cabrón y me llama coñito tierno. ¡El muy hijo de puta! Lo que quiero decir es que si la gente que lee a Nietzsche empieza a comportarse así, ¿hasta dónde vamos a llegar?

―¿Te has hecho una copia de mis llaves? ―pregunté.

Ann fue a la cocina y volvió con tres cervezas. Nos dio una a cada uno, abrió la suya y se sentó en el sofá.

―Me pone cachonda veros colocados ―dijo.

Me gustaba que Ann fuese nuestra amiga. Era increíblemente guarra y divertida. La conocí en un concierto indie-pop. A mí esa música me parece una mierda, simplemente me había colado allí para ver si podía robarle la cartera a alguno de aquellos hippies. Ella me pilló metiendo mano en un bolso y me dijo que si le daba la mitad del dinero no se chivaría. Le dije que vale y al final acabamos follando detrás de unos cubos de basura.

A Robert lo conocí unos años después. Por aquel entonces no era más que un niño pijo e inocente que se había perdido por mi barrio. Un macarra estaba pateándole la cabeza en un callejón y yo me acerqué sigilosamente y le metí a aquel hijo de puta dos puñaladas en el culo. El cabrón salió corriendo como una rata y yo me llevé a Robert al hospital. Estaba tan agradecido que me ofreció dinero. Por supuesto, yo acepté encantado. Pensé que me iba a dar cien o doscientos dólares con los que pillarme el ciego del siglo, pero imagínense mi sorpresa cuando me explicó que cada mes me entregaría lo necesario para pagar mi alquiler y mi alimentación durante el resto de mi vida.

―No te preocupes ―me dijo―. Mis padres son multimillonarios.

Al parecer sus viejos tenían una cadena de hoteles de lujo. Eran originarios de Londres, pero se habían mudado a no sé qué país del Golfo Pérsico. A Robert lo habían mandado a Estados Unidos a estudiar ingeniería aeroespacial y cada mes le ingresaban miles y miles de dólares para sus gastos.

―No sé ni qué hacer con tanto dinero ―me comentó.

Robert resultó ser un tipo muy simpático. Me recordaba un poco a Paul McCartney de joven, ya saben, con esa cara de pardillo tan británica. Nos hicimos amigos enseguida y empezó a probar todas las mierdas que pasaban por mis manos, se enganchó a la mayor parte de ellas y acabó dejando los estudios. No les dijo nada a sus padres así que éstos continuaron enviándole toneladas de dinero. No se preocupaban nada por su hijo. Eran los padres perfectos.

―¿Os da miedo el terrorismo? ―preguntó Ann, y empezó a contarnos algo que había leído en una revista. Yo me quedé dormido.

Cuando desperté, me sentía como si me hubiesen metido agua en el cerebro. Miré a mi alrededor y vi a Robert comiéndole el coño a Ann allí mismo, en mi sofá. Ella gemía y suspiraba; hacía uh, uhh, uhhhhh, y daba caladas al cigarrillo y pequeños sorbos a la lata de cerveza, como si estuviese bebiendo champagne. Robert se pajeaba mientras lamía el precioso coño de Ann. Entre las babas y el flujo vaginal me estaban poniendo el sofá perdido, pero no me importaba. Las bragas de Ann eran de un bonito color rosa pálido. No se las había quitado, sólo las tenía desplazadas hacia un lado; Robert las sujetaba con la mano que le quedaba libre.

Estuve observándolos unos minutos y la verdad es que me empalmé, pero en el fondo no tenía ganas de sexo, así que me fui a la calle. Se me acercó un mendigo con la intención de venderme mecheros. Le compré uno de Hello Kitty, pero no funcionaba. Me pareció buena idea invitarle a beber.

Nos metimos en un bar. Yo pedí un gin-tonic y él un whisky con hielo. El hombrecillo olía realmente mal y nadie se nos acercaba, lo cual me pareció fantástico. Le invité a cinco o seis copas más mientras me contaba buenas historias sobre cosas que hacía por las noches en el cementerio. Luego dijo que se tenía que ir y le di diez dólares. Me dijo que tendría que haber más gente como yo en la ciudad y le respondí que seguramente tenía toda la razón del mundo.

Cuando llegué a casa, Robert y Ann ya se habían marchado. Habían recogido las latas de cerveza vacías e incluso parecía que hubiesen limpiado el sofá. Estaba oscureciendo. Me preparé un pico y justo antes de metérmelo pensé que ya iba siendo hora de plantearme la posibilidad de dejarlo. Me dije a mí mismo que sí, que lo pensaría y, entonces, me lo metí.

Cuando se me pasó el cuelgue me puse a escribir a Putra y Lestari, unos niños indonesios que tenía apadrinados. Eran hermanos. Tenían cara de buenas personas. Me puse a contarles mi opinión sobre una película de serie B que había visto la semana anterior. Trataba sobre unos extraterrestres con forma de yogur de fresa que hacían que la gente se enganchase a comerlos y no quisiese llevarse a la boca otra cosa que aquella mierda intergaláctica. Cuando acabé, introduje la carta en un sobre junto con un billete de veinte dólares. Me di cuenta de que ya era tarde para ir a la oficina de correos, así que me preparé otro pico, me tomé un par de Xanax y me fui a dormir sin sentirme especialmente dichoso ni desgraciado.



12/5/16

Guerra y paz

He publicado un libro,

he salvado a varios animales,

he hecho el amor
como si me fuese
la vida en ello.

Ahora mismo podría
morir en paz,

pero lo cierto es que prefiero
un poco más de guerra.



16/4/16

Las diez mejores canciones de la historia

No soy un experto en música ni en ninguna otra cosa, sólo soy un pobre diablo que intenta escribir algo decente de vez en cuando. En cualquier caso, hay un puñado de canciones que siempre me hacen vibrar por dentro, que me traen buenos recuerdos o que nunca me canso de oír y me apetece compartirlas con vosotros. Esta lista no tiene ninguna pretensión especial. Se han compuesto millones de canciones y yo no habré escuchado ni el 0,1%. No pasa nada, estoy seguro de que las canciones de mi lista son las mejores de la historia para mí y apostaría a que, si ninguna te gusta, es porque no entiendes mucho de música, quizá menos que yo, y ya es decir. Quisiera aclarar que he intentado hacer una lista un poco original, porque la originalidad es una de las cosas buenas de este mundo; así, por ejemplo, aunque Yesterday me parece el mejor tema de los Beatles, no lo he incluido porque sería demasiado típico, igual que sería típico meter Hey Jude o Let it be. Si te animas, puedes poner tus diez canciones favoritas en los comentarios.


Desesperación - Kike Tormenta/Todo o nada




Hoppipolla - Sigur Ros




Every day every night - Russian Red




Fake plastic trees - Radiohead




Moon river - Henry Mancini y Johnny Mercer




Pale blue eyes - The velvet underground




Then He Kissed Me - The Crystals




My back pages - Bob Dylan




Here comes the sun - The Beatles




Minerva - Deftones







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