27/7/16

Aprende a escribir ficción con el método de los concursos

No existe una fórmula mágica para aprender a escribir ficción, pero sí unas instrucciones muy claras:
  1. Leer mucho.
  2. Escribir mucho.
La primera parte es muy sencilla. No tienes más que abrir libros (preferiblemente buenos, ya sabes, Dostoyevski, Kafka, los ganadores del Nobel de Literatura...) y ponerte a ello. La segunda es más complicada. Escribir es un proceso mucho más activo que leer y, a veces, simplemente no se te ocurre con qué rellenar el folio.

Bien, aquí te traigo un método que te ayudará a practicar, te permitirá comprobar tus progresos y, quizá, ganar algo de dinero. Es el método de los concursos y voy a explicártelo por pasos. 




Paso 1: Visita la sección de concursos de la web escritores.org

Cada mes se convocan decenas y decenas de concursos literarios en el mundo hispanohablante y en esta web aparecen casi todos. Te recomiendo que marques la opción de "Concursos por email @" por la sencilla razón de que no te gastarás nada en participar. Existen numerosos concursos interesantes que exigen enviar los textos por correo postal, en ocasiones hasta por quintuplicado, lo que podría suponerte un gasto considerable en sellos y fotocopias o tinta de impresora. Personalmente, nunca participo en estos certámenes dada la enorme cantidad de opciones para concursar por email, pero, si esto no supone un problema para ti, adelante. También puedes marcar la opción "Concursos (Cuento, relato, narrativas, carta, microrrelato)", la cual aplicará un filtro a la página para que no te aparezcan certámenes de novela y poesía (el método puede servir también para aprender a manejar estos géneros, si te interesa, aunque la poesía en principio no es ficción y la novela exige una dedicación enorme de tiempo, por lo que yo recomiendo empezar con microrrelatos y relatos cortos para hacerlo más dinámico y entretenido).


Paso 2: Selecciona los mejores concursos

Y te preguntarás: ¿cuales son? Bien, son aquellos que mejor se adapten a tus objetivos. Los certámenes podrían clasificarse de muchos modos en función de: si ofrecen premio en metálico o no (regalos, diplomas, trofeos...), si publican al ganador o ganadores en papel o no lo hacen, si el concurso es completamente libre o conlleva alguna exigencia (que el texto se enmarque dentro de un género, como la ciencia-ficción o el suspense, que tenga que llevar una determinada frase, tratar sobre un tema de actualidad, que su extensión se encuentre dentro de unos límites etc). Como se supone que lo que nos interesa ahora es practicar para mejorar, te recomiendo que te olvides del dinero y las publicaciones y te centres en elegir los concursos que impliquen exigencias variadas. La ventaja es que esto te dará un punto de partida. Vamos a ver algunos ejemplos de certámenes de este tipo que me han servido para crear algunas historias.
  • El concurso Bruma Negra de este año llevaba dos condiciones principales: que los relatos se enmarcarsen en el género negro/suspense/policíaco y que la niebla o la bruma fuesen un elemento integrante de la historia. Para participar, escribí un cuento breve titulado Rata, que no quedó finalista, pero del que me siento bastante orgulloso.
  • También este año, participé en el Certamen Madrid Sky. La temática y el género eran libres, pero los textos debían empezar con la frase: Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Yo escribí un relato titulado El sonido pegajoso de sus besos (tampoco quedé finalista, pero recuerda, esto es un método para practicar participando en concursos, no necesariamente para ganarlos).
  • Por último, para que veas que a veces este método puede permitirte recoger frutos materiales, he quedado finalista en el Certamen de relatos cortos carcelarios Conrada Muñoz y en septiembre sabré si me hago con los 1.500 euros del premio. En este concurso la exigencia era que las historias tratasen sobre la cárcel, pero no de un modo anecdótico, sino teniendo un papel muy relevante en la trama.
En esta fase de selección de concursos es interesante organizarse, porque encontrarás muchísimos certámenes en los que participar. Hazlo como quieras, pero te voy a contar lo que hago yo. En la barra de marcadores del navegador tengo una carpeta llamada "Concursos". Cuando veo uno interesante, lo añado a favoritos (en Google Chrome se hace pinchando en la estrellita de la parte superior derecha de la pantalla) dentro de la carpeta y le cambio el nombre, poniendo algunos datos relevantes como la fecha máxima de envío, la extensión, las condiciones y el premio, como puedes ver en la siguiente imagen.



Paso 3: Ponte a escribir

Y aquí llega la parte esencial del método, ponernos manos a la obra. Si nos hallamos ante un concurso que exige condiciones, ya tendremos un punto de partida, pero nunca viene mal contar con algún que otro agarre más para continuar avanzando hacia la cima, por lo que, si la inspiración todavía no te visita, te propongo un par de trucos para estimularla.
  • Investigación: informarte sobre las exigencias del concurso puede ser una maravillosa fuente de ideas. Por ejemplo, para participar en el certamen de relatos carcelarios, estuve viendo un montón de documentales relacionados con el mundo de la prisión en Youtube; también me puse a recordar el argumento de películas míticas como Cadena perpetua, La milla verde o La evasión. Si el certamen se enmarca dentro de un género literario, como la ciencia-ficción, te recomiendo que leas relatos de los grandes maestros (Asimov, Phillip K. Dick, Fredric Brown...) y que te informes sobre el propio género: los temas que trata, su historia, los subgéneros etc. Wikipedia es un buen sitio para comenzar.
  • Leer a los ganadores: es posible que el concurso tenga una página web donde cuelguen los relatos ganadores de ediciones pasadas. Si no ofrecen los textos, puedes buscar en Google el nombre de los escritores galardonados para ver si tienen blogs personales donde los hayan publicado. La idea no es copiar, ni mucho menos, sino analizar las historias para determinar qué elementos llevaron a sus autores a hacerse con la victoria. Por ejemplo, para el certamen Bruma Negra, leí a los finalistas del año anterior y pude ver que algunos elementos comunes eran, lógicamente, el crimen, sobretodo el asesinato, que la acción transcurría en zonas costeras y que los acontecimientos se desarrollaban en una atmósfera sórdida y deprimente. Aunque, para para ser original, podrías hacer precisamente lo contrario, romper con la norma. En este caso, el crimen principal podría ser la corrupción o el secuestro y que todo ocurriese en un alegre pueblo a orillas de un lago. La originalidad es un elemento que los jurados suelen valorar muy positivamente (siempre que no te pases y transgredas las normas del certamen, claro).
¿Y qué hacer en el caso de que el certamen no imponga condiciones? Es una buena pregunta. Un gran porcentaje de los concursos son completamente libres (salvo en extensión) por lo tanto no tendrías punto de partida, que es lo interesante de este método. En esta situación podríamos hacer varias cosas, como por ejemplo, inventar las condiciones. Busca un concurso libre y elige para participar en él un género (romántico, suspense, terror, fantasía, histórico, surrealismo, realismo sucio, ciencia-ficción, realismo mágico, drama, comedia, erótico...). Si tienes en cuenta que cada género puede tener numerosos subgéneros (fantasmas, ciberpunk, fantasía medieval, detectives...) podrías crear una enorme lista de opciones. Si no sabes por cuál decidirte, utiliza un método aleatorio, como esta aplicación. Otra condición que podemos inventar es que el relato empiece con una frase. Abre un libro, elige una página al azar y, con los ojos cerrados, señala un punto. Ahí tienes tu frase. Hace poco escribí un microrrelato a partir de la frase: Esta joven enfermera que parece sentirse rápidamente atraída por mí, que extraje con los ojos cerrados de El proceso, de Kafka. Si con esto no tienes suficiente, te recomiendo este artículo donde ofrezco unos cuantos trucos más.


Paso 4: Evalúa tus progresos

En principio, si lees y escribes mucho, deberías mejorar como escritor de ficción. Cuanto más lo hagas, más calidad tendrán tus textos. Si trabajas a diario, mejor que de vez en cuando y, si le dedicas cuatro horas al día, será mucho mejor que una. A partir de aquí todo depende de tu esfuerzo. Soy de la opinión de que todo el mundo puede llegar a escribir grandes historias, a pesar de no contar con las mejores capacidades innatas. Yo no me considero un gran escritor, ni siquiera me considero escritor, pues no vivo de ello, pero en la actualidad, consigo crear algo decente de vez en cuando (de hecho, gané un premio de novela y me publicaron). Y te aseguro que no nací con buenas características para este oficio. Lo sé porque si leo mis relatos de hace diez años acabo por llevarme las manos a la cabeza. Además, te prometo que la capacidad de esfuerzo y la constancia tampoco son dos de mis principales virtudes. Si yo puedo, cualquiera puede, créeme.

Ahora bien, ¿cómo sabemos que estamos mejorando? Los escritores principiantes tenemos el síndrome del vendedor, es decir, estamos enamorados de nuestra mercancía. Tendemos a creer que nuestros textos son obras de arte, pero lo más seguro es que, de momento, no lo sean. Este método te va a permitir saber si estás mejorando, porque, si te esfuerzas y eres constante, tarde o temprano empezarás a quedar finalista o incluso a ganar concursos, y eso será una señal de que estás haciendo las cosas bien. No te desanimes si los frutos tardan en llegar. Si trabajas duro, acabarás por recogerlos.

Quiero darte un último consejo. Elabora una lista con los concursos en los que has participado. Puedes hacer una tabla en Word, en cuyas columnas aparezca el nombre del certamen, la fecha del fallo y el título del relato que enviaste. De este modo, evitarás enviar textos a más de un concurso a la vez, lo cual podría hacer que te descalificaran.

Espero que mi método para aprender a escribir ficción te resulte útil. Te aseguro que, además, resulta muy emocionante. Si te ha gustado, puedes decírmelo en los comentarios y compartirlo con quien quieras.

¡Suerte!

20/6/16

Un día más (o menos)

Camino hacia el trabajo y
el vacío me acompaña
como una bomba lapa
adosada a los bajos del coche.

La desesperación acecha
en forma de sueños estúpidos,
de batallas perdidas,
de noticias que te dejan
la sangre congelada.

Voy dejando atrás
la vegetación agostada
por los primeros
infiernos del verano
y las moles de
edificios acristalados
que intentan imitar al cielo.

Ya estoy cerca.

Mis ganas de llegar se reducen
a algo parecido a la muerte.


16/6/16

Aforismos cochambrosos: primera ronda.

  • Solemos tener una imagen elevada de nosotros mismos, así que ten en cuenta que quizás des más asco de lo que piensas.
  • Hay más sabiduría en un solo párrafo de Bertrand Russell que en toda la sección de autoayuda de La Casa del Libro.
  • Si Dios existe, o bien no es muy poderoso, o bien le importamos una mierda.
  • Más que valorar si los argumentos son correctos, nos fijamos en si las ideas son lo bastante molonas.
  • La vida es un gatito con los sesos esparcidos por el firme de la carretera.
  • Lo único que hace falta para extinguir cualquier amistad es una determinada cantidad de tiempo sin contacto.
  • Los seres humanos nos creemos el centro del universo pero ni el universo tiene centro ni nuestras creencias importancia.
  • El progreso social se manifiesta en avances como transporte publico que admite animales, vagones de tren silenciosos o espacios libres de niños.
  • Tener perros encadenados de por vida y pájaros enjaulados son formas de maltrato animal que deberían horrorizar a cualquier persona decente.
  • Madurar es dejar de evadirte de tus problemas mediante las drogas y empezar a intentarlo con comida.
  • La envidia y el odio son motivaciones como cualquier otra.
  • Somos esclavos de la felicidad, de la supervivencia y del sexo sin condón.
  • Los discursos que respaldan nuestras creencias suenan la mar de convincentes.
  • Desde el punto de vista del tiempo evolutivo, todos somos recién nacidos a punto de morir.
  • Si los mataderos tuviesen las paredes de cristal, les daríamos una capa de pintura para seguir ignorando lo que sucede allí dentro.



2/6/16

Las crónicas de alquitrán I

Entiendo que pueda caerte mal. No soy gracioso y tengo algo de chepa. No me gusta hablar y mi voz es desagradable. De pequeño no tenía muchos amigos. Recuerdo que una tarde salí a pasear porque no sabía qué hacer. No había Internet, no había nada. Estuve caminando por las sórdidas calles de mi barrio-cementerio, mirando las grietas de las paredes, dejando escapar suspiros agónicos. Me aburrí enseguida, pero no quería volver a casa. No me gustaba leer ni dibujar ni jugar al fútbol. Supongo que quería estar con una chica, pero no conocía a ninguna. Tenía once años. Las farolas me iluminaban mientras caía la noche. Todo el mundo había muerto o algo parecido. ¿Qué podría haber más allá de la autopista? Yonkis chutándose, parejas follando en sus coches y todas aquellas leyendas urbanas. 

En mi familia se han dado dos suicidios, uno por la rama paterna y otro por la materna. Quizás eso me otorgue muchas papeletas en la lotería genética pero yo de momento aguanto, aunque, si lo piensas, vivir es como suicidarse, pero muy despacio. Si no estás de acuerdo, al menos reconocerás que sí que es un poco pérdida de tiempo porque vas a morir de todas formas, hagas lo que hagas, salvo si naces en la generación que descubra el secreto de la inmortalidad, estimo que dentro de doce o trece décadas.

Aquella tarde caminé arrastrando mis once años de existencia, aburrido, cansado, perdido, y no encontré nada; nada cambió para mí. Lo único que hice fue moverme sin saber a dónde iba, igual que me ocurre ahora mismo mientras escribo esta mierda insufrible.






30/5/16

Primer capítulo de "Gestión del fracaso, una novela"

¿Conoces esa estrategia comercial de algunos camellos? Ya sabes, te invitan a la primera dosis para que te enganches. Bueno, eso es exactamente lo que pretendo con esta entrada. Si te gusta y quieres más, visita estos enlaces: 

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1


Voy a empezar por aquella tarde: Robert y yo estábamos en mi casa pinchándonos. No había nada interesante que ver en la tele, ni tampoco nada nuevo que hacer o que pensar. No éramos unos tipos especialmente felices ni agradables ni divertidos, pero se nos daba muy bien estar tirados en el suelo dejando que el tiempo se fuese yendo a la mierda poco a poco. A veces conocíamos a algunas chicas, las invitábamos a beber o a fumar y nos acostábamos con ellas, aunque esto no ocurría con excesiva frecuencia.

La cuestión es que estábamos allí, mirando el techo, sintiendo cómo el cuelgue de heroína iba esfumándose, cuando apareció Ann pegando gritos.

―Me he cruzado con un gordo ―dijo. Nos echó un vistazo y añadió: ―Era un gordo enorme, como de ciento diez kilos. En una mano llevaba un muslo de pollo que le goteaba sobre la camiseta, y, en la otra, un libro de Nietzsche. Creo que era “Así habló Zaratustra”, porque en la portada se veía a una especie de vagabundo. El tipo iba leyendo y comiendo por la calle, ¿vale? Pues va el cabrón y me llama coñito tierno. ¡El muy hijo de puta! Lo que quiero decir es que si la gente que lee a Nietzsche empieza a comportarse así, ¿hasta dónde vamos a llegar?

―¿Te has hecho una copia de mis llaves? ―pregunté.

Ann fue a la cocina y volvió con tres cervezas. Nos dio una a cada uno, abrió la suya y se sentó en el sofá.

―Me pone cachonda veros colocados ―dijo.

Me gustaba que Ann fuese nuestra amiga. Era increíblemente guarra y divertida. La conocí en un concierto indie-pop. A mí esa música me parece una mierda, simplemente me había colado allí para ver si podía robarle la cartera a alguno de aquellos hippies. Ella me pilló metiendo mano en un bolso y me dijo que si le daba la mitad del dinero no se chivaría. Le dije que vale y al final acabamos follando detrás de unos cubos de basura.

A Robert lo conocí unos años después. Por aquel entonces no era más que un niño pijo e inocente que se había perdido por mi barrio. Un macarra estaba pateándole la cabeza en un callejón y yo me acerqué sigilosamente y le metí a aquel hijo de puta dos puñaladas en el culo. El cabrón salió corriendo como una rata y yo me llevé a Robert al hospital. Estaba tan agradecido que me ofreció dinero. Por supuesto, yo acepté encantado. Pensé que me iba a dar cien o doscientos dólares con los que pillarme el ciego del siglo, pero imagínense mi sorpresa cuando me explicó que cada mes me entregaría lo necesario para pagar mi alquiler y mi alimentación durante el resto de mi vida.

―No te preocupes ―me dijo―. Mis padres son multimillonarios.

Al parecer sus viejos tenían una cadena de hoteles de lujo. Eran originarios de Londres, pero se habían mudado a no sé qué país del Golfo Pérsico. A Robert lo habían mandado a Estados Unidos a estudiar ingeniería aeroespacial y cada mes le ingresaban miles y miles de dólares para sus gastos.

―No sé ni qué hacer con tanto dinero ―me comentó.

Robert resultó ser un tipo muy simpático. Me recordaba un poco a Paul McCartney de joven, ya saben, con esa cara de pardillo tan británica. Nos hicimos amigos enseguida y empezó a probar todas las mierdas que pasaban por mis manos, se enganchó a la mayor parte de ellas y acabó dejando los estudios. No les dijo nada a sus padres así que éstos continuaron enviándole toneladas de dinero. No se preocupaban nada por su hijo. Eran los padres perfectos.

―¿Os da miedo el terrorismo? ―preguntó Ann, y empezó a contarnos algo que había leído en una revista. Yo me quedé dormido.

Cuando desperté, me sentía como si me hubiesen metido agua en el cerebro. Miré a mi alrededor y vi a Robert comiéndole el coño a Ann allí mismo, en mi sofá. Ella gemía y suspiraba; hacía uh, uhh, uhhhhh, y daba caladas al cigarrillo y pequeños sorbos a la lata de cerveza, como si estuviese bebiendo champagne. Robert se pajeaba mientras lamía el precioso coño de Ann. Entre las babas y el flujo vaginal me estaban poniendo el sofá perdido, pero no me importaba. Las bragas de Ann eran de un bonito color rosa pálido. No se las había quitado, sólo las tenía desplazadas hacia un lado; Robert las sujetaba con la mano que le quedaba libre.

Estuve observándolos unos minutos y la verdad es que me empalmé, pero en el fondo no tenía ganas de sexo, así que me fui a la calle. Se me acercó un mendigo con la intención de venderme mecheros. Le compré uno de Hello Kitty, pero no funcionaba. Me pareció buena idea invitarle a beber.

Nos metimos en un bar. Yo pedí un gin-tonic y él un whisky con hielo. El hombrecillo olía realmente mal y nadie se nos acercaba, lo cual me pareció fantástico. Le invité a cinco o seis copas más mientras me contaba buenas historias sobre cosas que hacía por las noches en el cementerio. Luego dijo que se tenía que ir y le di diez dólares. Me dijo que tendría que haber más gente como yo en la ciudad y le respondí que seguramente tenía toda la razón del mundo.

Cuando llegué a casa, Robert y Ann ya se habían marchado. Habían recogido las latas de cerveza vacías e incluso parecía que hubiesen limpiado el sofá. Estaba oscureciendo. Me preparé un pico y justo antes de metérmelo pensé que ya iba siendo hora de plantearme la posibilidad de dejarlo. Me dije a mí mismo que sí, que lo pensaría y, entonces, me lo metí.

Cuando se me pasó el cuelgue me puse a escribir a Putra y Lestari, unos niños indonesios que tenía apadrinados. Eran hermanos. Tenían cara de buenas personas. Me puse a contarles mi opinión sobre una película de serie B que había visto la semana anterior. Trataba sobre unos extraterrestres con forma de yogur de fresa que hacían que la gente se enganchase a comerlos y no quisiese llevarse a la boca otra cosa que aquella mierda intergaláctica. Cuando acabé, introduje la carta en un sobre junto con un billete de veinte dólares. Me di cuenta de que ya era tarde para ir a la oficina de correos, así que me preparé otro pico, me tomé un par de Xanax y me fui a dormir sin sentirme especialmente dichoso ni desgraciado.



12/5/16

Guerra y paz

He publicado un libro,

he salvado a varios animales,

he hecho el amor
como si me fuese
la vida en ello.

Ahora mismo podría
morir en paz,

pero lo cierto es que prefiero
un poco más de guerra.



16/4/16

Las diez mejores canciones de la historia

No soy un experto en música ni en ninguna otra cosa, sólo soy un pobre diablo que intenta escribir algo decente de vez en cuando. En cualquier caso, hay un puñado de canciones que siempre me hacen vibrar por dentro, que me traen buenos recuerdos o que nunca me canso de oír y me apetece compartirlas con vosotros. Esta lista no tiene ninguna pretensión especial. Se han compuesto millones de canciones y yo no habré escuchado ni el 0,1%. No pasa nada, estoy seguro de que las canciones de mi lista son las mejores de la historia para mí y apostaría a que, si ninguna te gusta, es porque no entiendes mucho de música, quizá menos que yo, y ya es decir. Quisiera aclarar que he intentado hacer una lista un poco original, porque la originalidad es una de las cosas buenas de este mundo; así, por ejemplo, aunque Yesterday me parece el mejor tema de los Beatles, no lo he incluido porque sería demasiado típico, igual que sería típico meter Hey Jude o Let it be. Si te animas, puedes poner tus diez canciones favoritas en los comentarios.


Desesperación - Kike Tormenta/Todo o nada




Hoppipolla - Sigur Ros




Every day every night - Russian Red




Fake plastic trees - Radiohead




Moon river - Henry Mancini y Johnny Mercer




Pale blue eyes - The velvet underground




Then He Kissed Me - The Crystals




My back pages - Bob Dylan




Here comes the sun - The Beatles




Minerva - Deftones







8/4/16

Mis relatos y el test de Bechdel

El test de Bechdel es un método que busca evaluar el papel de las mujeres en las obras de ficción. Para que una historia lo supere, debe cumplir tres requisitos que podemos sintetizar en uno: dos personajes femeninos tienen que hablar entre sí sobre algo que no sea un hombre. Resulta que una enorme cantidad de películas y libros no consigue superar el test, mientras que casi todas las obras superarían el test inverso, es decir, dos personajes masculinos que hablen sobre algo que no sea una mujer.



Hace poco me pregunté cuántos de mis relatos superarían el test de Bechdel y, tras echar un vistazo al blog, he descubierto que muy pocos lo hacen:
  • La maldición de los niños eternos: en este cuento de ciencia-ficción, de hecho, no aparece ningún personaje masculino. La protagonista, una ciborg, mantiene conversaciones sobre muchos temas con dos de sus compañeras.
  • Cucharita: es un relato muy breve en el que una pareja de mujeres tiene una bronca tremenda a causa de la afición a la escritura de una de ellas.
Eso en lo referente al blog. Después, me puse a ojear mi libro de relatos, "Un lugar para nosotros y otras perturbaciones literarias" y en él encontré que cuatro cuentos superan el test: 
  • Las amigas.
  • Iliya y Andrei.
  • La tarde de los muertos.
  • Más que a mi vida. 
En fin, bastante decepcionante, la verdad, aunque en mi defensa debo alegar que una buena parte de mis textos tampoco superarían el test inverso, pues escribo muchos cuentos breves en los que sólo hay un personaje o, en caso de haber más de uno, no llegan a hablar entre sí, o, si lo hacen, se trata de dos personas de distinto sexo.

De tal modo, por ejemplo, el microrrelato "480 minutos" no supera el test, pues sólo aparece un personaje, una chica que reflexiona sobre las agresiones sexuales que sufren las mujeres. Tampoco lo consigue "Noticias jodidas", en el que una mujer le habla a su novio sobre unas horribles noticias relacionadas con la violación en grupo como forma de castigo a unas niñas de La India. Por último, en mi eBook "Retazos de pasado mañana" hay numerosos nanorrelatos en los que, debido a la ínfima extensión que poseen, no queda claro si los personajes son masculinos o femeninos, aunque entre las 99 historias que componen la obra, hay una que supera claramente el test. La transcribo a continuación y aprovecho para animar a todas aquellas personas aficionadas a la escritura a que tengan todo este asunto en cuenta, por si les parece oportuno contribuir a que el 50% de la población represente papeles tan relevantes como la otra mitad, tanto en la ficción como fuera de ella:

Expectativas

Las chicas miraban la gigantesca nave que flotaba en el cielo.
—¿Tú qué esperas de los extraterrestres?
—Que sean vegetarianos...

7/4/16

Los diez mejores relatos de Charles Bukowski

Charles Bukowski fue un escritor prolífico, original, crudo, profundo y extremadamente divertido. Escribió novelas, crónicas, diarios, ensayos y una infinidad de cuentos y poemas. Aunque me gustan todos sus textos, con los que más disfruto es con sus relatos breves. Aquí os dejo diez de mis favoritos.



9/2/16

Estos maravillosos años

Cuando eras pequeño pensabas que la vida adulta debía de ser maravillosa. Claro, llevabas poco tiempo por aquí y no tenías ni puta idea de nada. Tus primos y tú os tocabais unos a otros a escondidas sin siquiera sospechar que la sexualidad de tu “yo” futuro sería mucho menos interesante que aquellos “inocentes” desvaríos. En esos años todo resultaba sugerente y misterioso y podías preguntar lo que te diera la gana sin parecer estúpido. Ahora una pregunta a destiempo puede mandar a la mierda tu endeble relación amorosa o llevarte de cabeza a la interminable cola de la oficina de empleo.

Odiabas levantarte cada mañana para ir al colegio y tener que enfrentarte a todo ese ritual sórdido y deprimente: la leche ardiendo te daba ganas de vomitar; las galletas reblandecidas… también; los gritos de tu madre para que te dieras prisa te volvían loco; y mejor no hablemos de las legañas desbordantes en los ojos de tu hermana pequeña. Y lo peor estaba por llegar, claro. Cada día de clase era un completo infierno. Lo único que hacías era preguntarte por qué Naiara te ignoraba de aquel modo. Tampoco te veías tan feo en el espejo. Quizá era aquella ropa absurda que compraban tus padres: ese anorak de un indefinido color azul chillón con peluche en el borde de la capucha o las sudaderas de imitación del mercadillo o tal vez los pantalones vaqueros dos tallas más grandes. Puede que el culpable fuese tu ridículo corte de pelo con la raya a un lado.

Entiendo que todo esto pueda sonar extraño para los críos actuales, que hacen lo que les da la gana y salen a la calle simulando ser estrellas de cine. En tus tiempos las cosas no eran exactamente así. Al menos no lo eran para ti. Tú eras un cagueta. No había una sola gota de valor circulando por tu enclenque cuerpo y una mirada severa de tu padre podía bastar para que se te aflojara el esfínter. Ahora escuchas a la familia que vive bajo tu cochambroso piso de alquiler, oyes sus gritos en medio de la noche, al padre diciendo “Te voy a partir la cara, cabrón” y al niño respondiendo “Atrévete, venga, no hay huevos” y tienes la sensación de haberte cambiado de planeta sin darte cuenta.

Volviendo a Naiara, no sólo te preguntabas por qué pasaba de ti, sino por qué estaba tan enamorada de Miguel Manuel, el psicópata de la clase, un tipo que se dedicaba a reírse de ella y a meterle hormigas en el bocadillo. No comprendías que alguien pudiese tratar mal a tan delicado ser, a aquella criatura a la que tú solamente deseabas mimar hasta el fin de los tiempos. Odiabas a ese chaval por cómo la trataba, pero también por cómo te trataba a ti. Un día podía parecer que erais colegas. Te venía con alguna de sus payasadas, como cuando decía “Eh, tío, la profesora está buenísima, le comería el coño como si fuera un flan” y tú te partías de risa pero al día siguiente era factible que te tirase una silla en la espalda.

¿Recuerdas las primeras pajas? Aquello sí que era la gloria. Intentar compararlo con lo que supone la masturbación hoy en día sería un insulto al buen gusto, a la inteligencia y a la dignidad. Aun así, la masturbación es lo único agradable que te queda en tu maravillosa vida adulta, ¿verdad? Ah, claro, se me olvidaba. También están los relatos de Bukowski o Raymond Carver y la música de Radiohead o Arcade Fire. Además, esa clase de gustos culturales te hacen parecer un tipo interesante y profundo y tarde o temprano alguien tendrá que fijarse en ti por ello, joder, es imposible que sigan pasando años y que nadie se dé cuenta, no te desesperes.

Luego estaba aquella época en la que no eras ni un crío ni un adulto. Quizá fuesen los buenos tiempos, si es que hay que ponerle ese calificativo a algún periodo de tu vida. Al menos podías fumar y sentirte una especie de Dios y comprar vino barato para mezclarlo con refrescos y colocarte muy seriamente. Claro, con esto pasaba un poco como con las pajas, al principio parece demasiado bueno para ser cierto pero después te acostumbras y necesitas algo más y ahí estaban las drogas. Sin embargo, llega un momento en que también cansan y te ves de repente metido de lleno en la edad adulta, aunque básicamente sigues siendo igual de ignorante y desconfiado.

Ahora te encuentras rodeado de responsabilidades y peligros por todas partes. Puedes perderlo todo en un segundo, pero difícilmente vas a lograr alguna mejora sin dejarte la piel y el alma. No. Tú no. Hay gente que sí puede hacerlo, pero tú no formas parte de esa minoría, lo sabes y en el fondo te la pela, porque si algo tiene de bueno la vida adulta es que, con el paso de los años, empiezas a resignarte, a asumir con cierta dignidad que todo es una mierda. Tu pareja te pondrá los cuernos y te dejará por paranoico, se te caerá el pelo, la rutina difuminará tu sonrisa y, en ocasiones, sentirás cierta envidia de los suicidas y los heroinómanos. De vez en cuando recordarás tu infancia y mirarás a ese mocoso a través de las brumas del tiempo mientras le dices: “Es normal que pensases que la vida adulta iba a ser maravillosa. Cualquiera en tu lugar supondría que era imposible que las cosas fuesen a peor. Pobrecito. Pobre crío feo y atontado”.


1/2/16

Campo de batalla

Pelea contra lo inevitable,
contra ti mismo,
contra el paso de los minutos
y la mala suerte.

Pelea contra todo aquello
que te hace parecer débil.

Pelea, déjate la piel y el alma.

Sigue lanzando puñetazos al aire
aunque sientas que
en cualquier momento
se te vayan a caer los brazos.

Pelea, muchacho,
tienes que seguir haciéndolo,
aunque nadie
pueda explicarte el motivo.

Pelea, joder, pelea.

Esto es la puta vida y, sí,
se parece mucho
a un campo de batalla.


6/1/16

Lo mejor que he visto y leído en 2015


Este año ha sido un poco flojo y sólo he leído 56 libros y visto 85 películas. Supongo que he estado ocupado haciendo otras cosas como perder el tiempo en las redes sociales, escribir, cocinar o dejar que la maldad de algunos seres humanos me amargue la existencia. Sea como fuere, aquí van las obras que más he disfrutado en este año tan neurótico y desconcertante. 

Si os apetece, podéis ver también las de 2013 y 2014.

Libros


Películas


29/12/15

Los mejores párrafos animalistas

Siempre ha habido gente preocupada por el trato que damos a los animales y algunos de los grandes escritores y pensadores de la historia han formado parte de esa corriente. Aquí os traigo una pequeña recopilación de pasajes animalistas con los que me he ido encontrando en mis lecturas. Si sabes de algún otro que no aparezca en este artículo, coméntamelo y lo añadiré.

29/11/15

Noches III

Voy en el tren de cercanías y son las siete de la tarde. Afuera, la noche ha caído de lleno sobre Madrid. Tres chicas salen del baño (¿desde cuándo hay baños en los trenes de cercanías?) hablando casi a voces. Su conversación me distrae de mi lectura.

―…y se asomó a la litera y había dos maricones, que encima eran moros, y estaban ahí, follando.

Deben tener poco más de veinte años. Llevan pantalones de chándal y abrigos brillantes con capucha. Llevan zapatillas deportivas y el pelo largo, alisado y con mechas.

―Joder, qué asco, no cuentes esas cosas.

Son chonis, jóvenes chonis que se preparan para abandonar el vagón en la próxima parada, en Villaverde Bajo. Juraría que una de ellas es mulata.

―Dios… ¿Y no se quedó traumatizada de por vida?

Frente a mí hay una joven con hijab acompañada por su bebé y, a mi izquierda, dos magrebíes que charlan animadamente en su lengua natal. No sabría decir si se han percatado de la conversación de las chonis, que, en un inesperado giro temático, versa ahora sobre el amor y el destino.

Las chicas se bajan del tren. La joven madre acaricia a su pequeño. Los magrebíes ríen sobre algo que sucedió en Plaza Castilla. Yo echo un vistazo al reloj, ansioso por llegar a mi destino.


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